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sábado, 11 de junio de 2011

TODOS SOMOS DERECHOS Y HUMANOS,POR James Neilson


Todos somos derechos y humanos

Schoklender. Los desmanejos del exapoderado de las Madres reflejan el estilo informal con que el kirchnerismo hace caja.

Por James Neilson*

Ilustración: Pablo Temes.
 
Bien antes de la llegada al poder de Néstor Kirchner y su esposa, las Madres de Plaza de Mayo se habían erigido en una de las más respetadas instituciones de la Argentina. Símbolos vivientes del compromiso del país con la defensa de los derechos humanos, de acuerdo común hacían un aporte muy valioso a la imagen nacional, una que, algunos suponían, le otorgaba un grado de autoridad moral muy superior al afectado por los Estados Unidos y los miembros de la Unión Europea. Fue lógico, pues, que luego de mudarse a la Casa Rosada los Kirchner decidieran incorporarlas a su “proyecto” con miras a darle un toque progresista adicional. Entendían que las Madres –dueñas de una marca registrada que por sus resonancias emotivas cualquier publicista celebraría– los ayudarían a abrir un sinfín de puertas no solo en el país sino también en el exterior.
Los Kirchner acertaron. Flanqueada por representantes de la línea capitaneada por Hebe de Bonafini, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha podido sermonear a dignatarios del resto del mundo en torno a sus responsabilidades aunque, es apenas necesario señalarlo, siempre ha pasado por alto los abusos perpetrados por dictadores como Fidel Castro que son bien vistos por los progresistas más vocingleros. Que este sea el caso es irónico. En el siglo XX, izquierdistas totalitarios violaron los derechos humanos en escala industrial, pero al ahorrarles a sus simpatizantes la necesidad de intentar justificar o minimizar los horrores del “archipiélago Gulag” y el exterminio de pueblos enteros, la caída ignominiosa del imperio soviético les permitió apoderarse de una multitud de organizaciones que en adelante se concentrarían en denunciar a sus enemigos.
Hasta hace muy poco, la “alianza estratégica” del gobierno kirchnerista con la facción más izquierdista de las Madres funcionaba muy bien, pero, como a veces sucede con arreglos de este tipo, últimamente han surgido algunos problemas desagradables. Por tratarse de gente muy especial, el Gobierno era reacio a cuestionar la forma en que usaban ciertas Madres los fondos públicos cuantiosos que les entregaba, pero las presuntas andanzas del pronto a ser ex apoderado de la rama oficialista de la agrupación, el notorio parricida Sergio Schoklender, terminaron obligándolo a hacer algo más que continuar archivando las denuncias.
Fue de prever que los kirchneristas elegirían echar a Schoklender a los lobos judiciales con la esperanza de que su destino no deslustre la reputación de quienes los han ayudado a figurar como defensores a ultranza de los derechos del hombre y de tal modo asegurarles el apoyo de una franja combativa de la intelectualidad local. Por casualidad, el affaire Schoklender cayó en manos del ubicuo y asombrosamente industrioso juez federal Norberto Oyarbide, el encargado habitual de aclarar asuntos sensibles que amenazan con perturbar al Gobierno, lo que ha motivado las sospechas de quienes lo creen excesivamente propenso a favorecer los intereses del Poder Ejecutivo.
De todos modos, con cierta frecuencia se ha criticado a Cristina y a su cónyuge fallecido por su transformación tardía en paladines de una causa que antes del 25 de mayo del 2003 no les había preocupado en lo más mínimo. Los memoriosos recuerdan que la pareja de abogados no hizo nada cuando los militares pisoteaban sistemáticamente los derechos fundamentales de miles de personas, que, por el contrario, se limitó a aprovechar las oportunidades que el régimen castrense les brindaba para acumular un patrimonio abultado ejecutando hipotecas a costa de los incapaces de pagarlas, y que en los años siguientes prefirieron dar prioridad a temas que a su juicio eran mucho más urgentes. En base a los hechos, que los Kirchner no han procurado desmentir, sus adversarios no han vacilado en calificarlos de cínicos, hipócritas y oportunistas.
Tales reparos pueden justificarse, de eso no cabe duda, pero sucede que los Kirchner y sus acompañantes distan de ser los únicos que hayan reconstruido su propio pasado para adecuarlo a las necesidades del presente, eliminando episodios que andando el tiempo les parecerían desafortunados y llamando la atención a otros, auténticos o no, que contribuirían a mejorar el relato resultante. Gran parte del país ha actuado de la misma manera. La relación no solo de la historia oficial sino también de la de un sinnúmero de autobiografías personales con lo que efectivamente ocurrió en los años setenta debe más a la voluntad de adaptarse a circunstancias cambiantes que al deseo de ser fiel a lo que un ex presidente recién rehabilitado llamaba la verdad verdadera.
No es para escandalizarse. Aunque se habla mucho de la importancia de “la memoria”, de lo fundamental que es enfrentar la realidad sin ilusiones ya que, según Jesucristo, nada menos, “la verdad os hará libres”, el olvido selectivo permite a las sociedades evolucionar. Luego de asistir en silencio a la “guerra sucia”, la mayoría prefirió atribuir la complicidad pasiva así supuesta a la ignorancia o al temor. También se sintió constreñida a convencerse de que en el fondo siempre había creído en las bondades de la democracia. Políticos avezados, los Kirchner se las arreglaron para ponerse a la cabeza de este movimiento revisionista colectivo y espontáneo, reivindicando con vehemencia el gran mito progresista del pueblo inocente víctima de militares siniestros y sus colaboradores: los neoliberales desalmados, estancieros feudales, empresarios extranjeros y otros enemigos viles de la causa nacional y popular.
En buena lógica, la experiencia de las Madres contradice este relato complaciente. De haber contado durante el Proceso con el apoyo de una pequeña fracción de quienes hoy en día dicen haberlas acompañado, aunque solo fuera anímicamente, la situación en que se encontró la Argentina en los años setenta hubiera sido radicalmente distinta. Pero la mayoría quiso mantenerlas a raya, como si las creyeran portadoras de una enfermedad contagiosa.
¿Ha cambiado mucho desde entonces? Es posible, pero así y todo, el que la Argentina sea un país en que mujeres que trataron desesperadamente de averiguar el paradero de sus hijos, hermanos o maridos desaparecidos sean consideradas los símbolos máximos de la lucha por los derechos humanos motiva dudas, puesto que significa que virtualmente todos los demás, incluyendo –por supuesto, al grueso de la clase política nacional–, no querían saber nada del asunto. Sin embargo, por ser cuestión de una verdad antipática, quienes guardaron silencio se las han ingeniado para tratar a las Madres como si fueran sus voceros, como si a su modo todos fueran Madres honorarias.

No es la primera vez que algo así ha ocurrido y con toda seguridad no será la última. Es arquetípica la figura del héroe solitario que termina siendo exaltado por quienes lo hubieran despreciado de haberlo encontrado cuando hacía lo que le daría un lugar en la memoria colectiva. Por lo demás, desde la antigüedad se da por descontado que familiares de víctimas de la barbarie de los poderosos estarán dispuestos a correr riesgos terribles, enfrentándose con todos, en defensa de la vida o el honor de los suyos. En este contexto, el ejemplo brindado por la Antígona de Sófocles es paradigmático.
En la Unión Soviética de Stalin, madres y hermanas desafiaron a un tirano genocida que, a diferencia de los militares del Proceso, no tuvo que preocuparse por su imagen internacional porque contaba con el respaldo de una legión de intelectuales militantes dispuestos a repetir cualquier mentira. En Cuba y China, mujeres como ellas siguen luchando. Es que en sociedades, entre ellas la argentina, en que la ley suele ser un instrumento en manos del poder, los lazos de sangre y, en menor grado, de amistad, pesan mucho más que en aquellas en que incluso los más privilegiados temen verse obligados un día a rendir cuentas ante la Justicia.
Por este motivo, debería preocuparnos que en la Argentina la causa de los derechos humanos se haya hecho hereditaria. La dominan familiares de desaparecidos que derivan su autoridad moral del lazo personal. Aún no se ha formado una masa crítica de hombres y mujeres que, sin estar vinculados con las víctimas de abusos o sentirse comprometidos con un movimiento político determinado, estén dispuestos a defender los derechos básicos ajenos dondequiera que corran peligro.
Lejos de probar que en aquel entonces la mayoría se oponía a la metodología empleada por el régimen castrense, el protagonismo de las Madres nos dice que permaneció indiferente hasta que cambió el clima político lo suficiente como para hacer, por fin, respetable una lucha que había sido penosamente minoritaria. No olvidemos que la consigna procesista “los argentinos son derechos y humanos” disfrutó de cierta popularidad: fue otra manifestación de la voluntad de tantos de creerse víctimas de la incomprensión ajena.
Hasta ahora, la relación de Cristina con aquellas organizaciones de derechos humanos que aceptaron colaborar con el gobierno le ha sido provechosa a pesar de la costumbre de la dirigente mejor conocida, Hebe de Bonafini –Hebe a secas para los miembros de la cofradía progre oficialista– de soltar cada tanto barbaridades como “bolivianos de mierda” que en países regidos por los cultores de la corrección política le costarían caro, además de festejar con regocijo alarmante las hazañas sanguinarias de terroristas islámicos, colombianos y vascos, pero ya tiene motivos para pensar en las ventajas de enfriarla. Para recompensar a Hebe y sus compañeras por sus servicios, el Gobierno les encontró un lugar en el “modelo” que se basa en el “capitalismo de los amigos”, ayudándolas, con subsidios multimillonarios, a armar la ya famosa empresa constructora que hasta hace poco manejaba Schoklender.
Puede que Schoklender, que dice ser un inventor que se ha enriquecido vendiendo patentes a los interesados tanto aquí como en otras partes del mundo, sea un chanta, es decir, un mitómano, pero no cabe duda de que desde que salió de la cárcel en 1995 ha hecho gala de un talento envidiable para amasar bienes aprovechando las oportunidades brindadas por un sector público politizado, corrupto y fabulosamente desprolijo. Tal vez no sea tan rico como afirma, pero según se informa, los investigadores ya han encontrado en su haber una cantidad impresionante de autos costosos, un par de aviones y una embarcación o dos, lo que les hace pensar que es jefe de una asociación ilícita que se dedicaba a lavar dinero y defraudar al Estado. ¿Sabían Hebe y las demás madres lo que presuntamente hacía su hijo adoptivo o, por ser amas de casa sencillas ajenas al mundillo rocambolesco de los negocios, nunca sospecharon de nada?
Por motivos comprensibles, el Gobierno y el enjambre de agrupaciones que han crecido merced a la benevolencia oficial no quieren que las Madres se vean involucradas en el gran escándalo que ha estallado justo cuando Cristina está pesando el pro y el contra de buscar formalmente la reelección, manteniendo en ascuas a sus partidarios con sus aparentes dudas hamletianas. De resultar que por ingenuidad o peor las Madres se han prestado a una estafa de grandes proporciones, no le será tan fácil seguir tratándolas como referentes morales que, merced a su accionar más de treinta años atrás, salvaron el honor de la Patria y, sin habérselo previsto, presagiaron el eventual ascenso del kirchnerismo.
* PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.

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